Cada noche, burlando al fiel esposo
con paso receloso
y sin mirar que su honor comprometía,
de su casa, Minina se salía.
Y en un ángulo oscuro del tejado
hallaba acurrucado
al galante Almanzor que diligente
con amor la abrazaba dulcemente.
-Aquí me tienes ya, Almanzor querido
abandoné al marido
con quien me liga la ley con lazos,
para morir de amor entre tus brazos.
Oh! no seas ingrato
y no me niegues tu amor hermoso gato.
-Y yo, Minina mía
que expongo mi existéncia cada día
volando en pos de una ilusión sincera,
para gozar de tu amor, gata hechicera.
Y así, día tras día
el tiempo silencioso transcurría
y de la noche al abrigo
aquel ángulo oscuro era testigo,
de besos, de lamentos,
suspiros de amor y juramentos,
que mil veces y mil se repetían
y en la noche el silencio interrumpían.
Más sucedió, que Micifuz airado
celoso y escamado
cierta noche, con maña cautelosa,
espió la salida de su esposa.
Y cuando enajenados
en un duo de amor, los dos taimados,
hablando impunemente
se juraban amor eternamente...
Sobre ambos saltó el burlado esposo,
lleno de ira, loco, furioso.
(espanto general)
Micifuz fiero, sereno y altanero
con el dorso arqueado
el rabo levantado
y el bigote muy terso y atufado,
con ademán terrible
contemplaba irascible
al joven Almanzor que lo miraba
y tranquilo sus furias desafiaba.
-Muy bien! Minina mía, dijo al cabo,
con gran placer alabo
tu acción tan ruín y funesta
por el gusto insensato que me presta
de retorcer el cuello a éste gran tío
ladrón del honor mío.
Por lo que al amanecer del nuevo día
Almanzor, Micifuz te desafía.
Así dijo y alejándose al instante
a los pies de Almanzor arrojó un guante.
Despuntaba la Aurora.
El sol naciente
asomaba su disco en el oriente.
Los dos rivales esperaban a sus nobles amigos
que actuaban de jueces y testigos
para lanzarse con odiosa saña
de aquel duelo de amor a la campaña.
Sono al fin la señal.
Se encaran, se acometen, se empujan,
Saltan, brincan, se muerden,
se arañan y sus cuerpos estrujan.
Hasta que al fin con sus fuerzas ya perdidas,
caen los dos inhertes y sin vida.
Y ¿Qué fué de Minina?
La taimada, fingiose anonadada
llorando su infortunio amargamente
delante de la gente.
Pero a solas, su rostro componía
y ha cortejar salía
de la noche al abrigo
con otro gato de su esposo amigo,
que tierno enamorado y candoroso
le dió su pata y se llamó su esposo.
Y si hay lector que la verdad no crea
de ésta fábula, cuento o lo que sea,
diréle claramente
que no solo entre gatos es corriente
un desenlace como el de mi história.
Sino que es notória,
la verdad, que en ambos hemisferios,
hace el hombre mayores gatuperios.
Manuel Torres Verdú
Segle XIX
(oncle-besavi)
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